miércoles, 2 de abril de 2025

Relato. Madre Tierra (ejemplo de realismo mágico)

En la Vila había dos maneras de tener un hijo, hacerlo de forma natural o a través de las frutas y hortalizas. Así fue como Irene, finalmente, dio a luz a su retoño.

Irene se casó con Jordi cuando apenas tenía diecinueve años, y antes de cumplir los veintiuno ya era la comidilla del pueblo por ser demasiado estrafalaria y no haberse quedado embarazada después de tanto tiempo.
 
A Irene le gustaba la medicina natural, la botánica, la astrología y practicaba unas posturas raras que aprendió en un libro de la India. Era una joven tímida, introvertida, demasiado mística para las mujeres de la Vila, que entre friega y friega, entre la espuma y el chismorreo de los lavaderos comentaban que su tía había sido bruja.

A Irene aquellos cotilleos le traían sin cuidado, pero sufría al ver a los chiquillos corretear alrededor del abrevadero, cazando renacuajos con las manos, encarcelándolos en sus cubos y llenando de carcajadas la colada mientras ella, a pesar de tantísimas afán por quedarse preñada, no era capaz de tener un bebé al que arrullar de noche con sus brazos de hiedra.

Su madre, la señora Aurora, la animaba a no perder la esperanza y le decía que todo era normal, que el primer hijo no llegaba a primeras, que algunas hembras tardaban más que otras, pues la naturaleza, que es muy lista, da a cada cual su fruto a su debido tiempo. Al principio Irene se consolaba pensando que la propia obsesión se lo impedía, pero al tercer año sus amigas, casadas muchísimo más tarde, empezaron a darse la enhorabuena y a tejer peucos y mantitas, mientras Irene, sentada en la mecedora del salón, sentía que su huerto se ajaba por dentro.

La cosa empeoró después del quinto año. Perdió las ganas de hablar con las vecinas, deshizo los baberos, gorros, bufanditas, el ajuar que había tejido durante largas noches y empezó a acusar a su marido de no hacerle el amor como debía.

—No le pones pasión y eso el cuerpo lo nota, se resiente a absorberte, a empaparse de tu nieve fundida.
—¿Y qué quieres qué haga? Yo no puedo con esto, Irene, por favor. Me haces sentir un macho. Solo falta que llame a un mamporrero.

Los zagales del pueblo alborotaban aprendiendo a subirse a las carrascas y a tirarse piedras unos a otros, y en la escuelita del canto repetían las tablas, los nombres de los reyes, de los ríos, cordilleras, países, capitales, pero ninguna voz llegaba a los oídos de Irene que solo escuchaba su desgracia.

Se mecían los años y a cada balanceo se hinchaba de resignación y de pena, pues, como dice el refrán, la procesión siempre va por dentro. Y, por si fuera poco, las mujeres, ignorantes de su padecimiento, le daban la felicitaban en el mercado, —¿De cuánto estás Irene? Por fin, ¡qué bien!, y otra —¿Cómo vas a llamarlo? ¿Es niño o niña?, —Con ese vientre, así como un melón, de punta, seguro que es varón, así era el mío. Irene, gorda como un lechón, enferma de tristeza y apatía, solo encontraba paz en las idas y venidas a los puestos de frutas y verduras, esperando que, entre tantos aromas, frescura, texturas y despertara su cuerpo de ese estado en barbecho y quedara en cinta aquella noche.

Un sábado de julio, mientras el sol filtraba entre las hojas sus primeros bostezos dorados, Irene, con la esperanza de hallar en las huertas la calma que ofrecía ver crecer el alimento, decidió tumbarse boca abajo, desnuda para que la fuerza vital del terreno llegara al interior de su persona.  Escarbaba con las uñas la tierra y sus lágrimas ungían las raíces de espinacas, patatas, coliflores, zanahorias, pimientos y tomates.

Con los ojos hinchados por las súplicas y su panza de sandía enferma, no podía siquiera ver las gotas que la aurora confundía con lloros. De repente, escuchó uno puerta que se abría, se dio la vuelta y observó a lo lejos que de dentro de los lavaderos salía una mujer esbelta, muy morena de piel, llena de barro, con el rostro arrugado por el sol y el cabello reseco como cepas. Se fue acercando hacía donde estaba Irene y le dijo asustada.

—¡Quieta! ¿Quién eres tú? No me mires, jírate. Quédate ahí, ¡no sigas!, deja al menos que me cubra un poco.

La mujer la miraba fríamente. Irene se arrastró en el fango, alcanzó la bata de algodón y se la colocó tan deprisa como se escurren en los recovecos las lagartijas cuando tienen miedo.

La mujer no pronunció palabra. Estaba ciega, al menos eso parecía al observar sus ojos, dos cristales opacos sin mirada, oscuros, profundos, como el agua estancada en el fondo de un pozo. Llevaba un bulto atado a sus espaldas, envuelto en unas hojas de espinaca. La tomó de la mano, le hizo un gesto para que la acompañara y se fueron las dos al lavadero, calladas, flotando en la empatía de aquellos que comparten secretos, en el silencio de la larga espera.

Una vez dentro, por telepatía, Irene recibió el mensaje de meterse las dos en el agua, y entraron juntamente en la balsa. El agua estaba helada, pero a Irene le pareció perfecta. La mujer se sumergió en la balsa y ella hizo lo mismo. Allí deshizo el nudo del zurrón y descubrió un refajo de verduras y frutas. Una a una le fue dando las piezas con ternura. Irene las olía, las acariciaba suavemente, les susurraba palabras dulces mientras las protegía en su seno. Primero una escarola de cabellos rizados, luego una berenjena-pantorrilla, una coliflor tripa, dos tomates mejilla, un par de brazos apio, almendras de ojos, naricilla cereza, labios judía, unas peras por nalgas, melocotones piel, y cuando se dio cuenta dormía un bebe verdura en su regazo.

La mujer, al ver a Irene tan radiante, entusiasmada, repleta de ilusión y de esperanza, tomó al niño en los brazos y con la mente, pues era el lenguaje con el que se entendían, le pidió que tragara el hueso de tres melocotones que sacó del refajo y que esperara unas cuantas semanas. Irene los tragó sin siquiera preguntar el por qué, eso sí, tomo varios sorbos de la misma agua de la balsa para poder pasarlos por la tráquea y, aun así, casi se atraganta. La mujer, con otro gesto invisible, pidió a Irene que le devolviera a la criatura recién formada. La tomo en brazos, salió del lavadero con el bebé a la espalda, y se metió en un huerto muy cercano. Irene la siguió, paso por paso. Llegó al pozo de piedra que regaba el campo de la huerta, y de un salto, cayeron ella y niño tierra adentro.  

Irene volvió a casa. La mañana empezaba a canturrear junto a los pájaros. Jordi todavía dormía. Irene no era Irene. Se sentía ligera, aliviada, como si el agua del baño de la balsa le hubiera desprendido de un gran peso. Las mujeres no pudieron lavar nada aquel día, ni siquiera al siguiente, ni tres días después. Al llegar al lavadero hallaron el agua putrefacta, olía tanto a envidia que tuvieron que vaciar la balsa entera, limpiar el fondo con rasqueta y cepillo, llenarla con el agua del canal, y airear el lugar una semana y media.

Irene no le contó a nadie lo ocurrido. Volvió a la casa, se metió en la cama, y se dejó llevar por los arrullos de su marido mientras la besaba.

A partir de aquel día todo cambió. Empezó a deshincharse. Se sentía feliz, gozosa, incluso hermosa. Paseaba ligera por el pueblo y hablaba con la gente y las tenderas. —Te ves radiante, chica. Y otras cuchicheaban ¿Cuánto ha perdido? Lo menos 15 Kilos, te lo digo ¡Si es que parece otra!
 A medida que Irene iba recuperando sus ganas de vivir se intensificaron sus paseos diurnos para recoger flores y hacer centros con ellas, sus baños de luna y avistamientos de estrellas fugaces en verano, sus ropas tejidas a ganchillo... Jordi no daba crédito. Una plaga de insectos acechaba su huerto y su cosecha. 

— Este año no podremos salvar ni las patatas. Todo se enferma. Yo ya no sé qué hacer. Hay que arrancarlo todo y plantarlo de nuevo.

Y así pasaba el tiempo. Irene deshinchándose en la casa y Jordi matándose a trabajar en el terreno.
Pero un día cayó enferma. Ya no tenía fuerzas para andar por el campo ni ir al mercado. Su madre se mudó con la pareja para ayudarla en las tareas diarias, y el vecino, Emilio, que era un gran cocinillas y muy buen pastelero, le llevaba garbanzos con salsa de almendra y huevo duro y pastel de boniato.

Una mañana de finales de agosto Jordi estaba en la huerta intentado acabar con las chinches. Aurora barría con esmero, Irene dormitaba en su mecedora de antaño y Emilio se había acercado a la casa para llevar mermelada de cardos.

Llamaron a la puerta y el cocinero se dispuso a abrir sin preguntar. Una mujer extraña se erguía fuera. Parecía más bien una andrajosa, con la ropa roída y sin zapatos. Llevaba un cesto con melocotones y le dijo que le comprara algunos. De repente se escucharon gritos. Eran gritos de parto, y la tierra tembló de tanto esfuerzo. Emilio entró corriendo a ver lo que ocurría y encontró a Irene con tres melocotones en las manos y la entrepierna goteando sangre.

—Ha dado a luz a tres, dijo Aurora llena de alegría.

Emilio, confundido, volvió a la entrada para cerrar la puerta y despachar deprisa a la mujer, pero no encontró a nadie, por mucho que miró a ambos lados de la callejuela.

Irene estaba exhausta, derrengada. Aun así, tomó los melocotones con cuidado y dijo ‘Ahora hay que esperar, se lo que digo’. Los tres eran hermosos. Rojos, peludos, limpios. Los había dado a luz envueltos todos con su propia rejilla. De repente uno se movió y explotó. Todos miraban a Irene y a los melocotones con ojos de extrañeza y de pavor. El segundo empezó a girar a gran velocidad sobre sí mismo y se centrifugó dejando solo su piel sobre el tablero. Finalmente, el tercero, comenzó a dar golpecitos en la mesa y sacó un piececito y luego otro, una mano, ahora un pie, después el hombro…

Emilio corrió a la huerta para avisar a Jordi, Aurelia abrazaba a su hija emocionada. Irene, se abrió la camisa, y colocó la boca de su retoño, roja como un fresón, sobre su pecho rebosante de leche, dulce y redondo como una colmena. 

 

viernes, 7 de febrero de 2025

El arte de la calumnia

 Concentración. La cucharilla no debe temblar. No delante de las demás. La coge con todo el control del que es capaz, y remueve la infusión. El azúcar se disuelve bajo su mirada fija, no se atreve a levantarla. Escucha a medias los comentarios airados, como una lluvia insistente y pesada. La cabeza se le va hundiendo entre los hombros. Protección, huída o lucha.  Cada célula de su cuerpo se debate en la elección. Apoya las dos manos en la mesa y suelta todo el aire en un largo resoplido. Levanta finalmente la mirada para repasar las de todas, una a una.

— Hermanas, la calumnia es un arte, y vosotras sois unas miserables aprendices. Sobre todo miserables. No os merecéis ni el placer que os provoca. Ofidias, caranchas. El cadáver todavía palpita, pero lo seguís apuñalando.


Se puso de pie dolorosamente y se tomó un minuto para recuperar la compostura. El hábito arrugado no mermaba ni una pizca su aura de ménade amenazante. Las hubiera estrangulada una a una, solo para librar al mundo de ese cónclave de sabandijas.


miércoles, 5 de febrero de 2025

Una historia enlatada


Desde que trabajaba allí, la chica había adquirido una mirada  fija y vidriosa, como de llanto fosilizado. Tal vez imaginaba todas esas vidas que ya eran muertes cuando desfilaban ante ella. Vidas despreocupadas, danzarinas, escurridizas, inocentes. Las manos se movían rápidas como siempre, atentas a la disciplina de la producción: sardina, sardina, sardina, tapa, fuera. Ocho horas cada día duraba la comunión de criaturas dolientes, las de las tumbas metálicas y la del delantal impermeable.

sábado, 25 de enero de 2025

Las indias


La noche es fría y limpia, Carmen mira al cielo estrellado, estirada en medio del campo abierto. Tiene la mente en blanco, se deja ir y es como morirse un poco. Siente que el frío y la luz plateada le limpian el alma. Hoy ha caminado un trecho largo, el barranco salado, el viento amargo, el sol picante, nada de agua. Esta tierra siempre tiene sed. En el fondo del valle, se desparraman las lucecitas de un pueblo, sobre el telón arrugado de la montaña. Carmen está preñada. Una curva suave, apenas visible en su cuerpo fuerte. Le pesa lo justo. Se enfila a la calle única del pueblo y golpea una de las puertas, entreabierta y ruinosa como todas. El silencio siempre la tranquiliza, le acalla los pensamientos. Cuando el silencio reina, ella se siente segura.
    — Buen día, amiga… He caminado muchos días y muchas noches. No soy nadie y no vengo de ninguna parte… ¿me deja pasar? La mujer la repasa con la mirada, sin sorpresa ni desagrado, las hermanas del polvo y el cansancio se reconocen.
    — Comida no hay mucha, pero si quiere descansar unos días.. esta es su casa.

La arena bailotea fuera, compone círculos y trayectorias imprevisibles, se asoma por debajo de la puerta, sin ganas de parar en ninguna parte. Carmen y Gregoria congenian. Un jarrito hierve en el fuego. Se pasan el mate en silencio. El parto fue sencillo, no llamó la atención de nadie. La bebé está tranquila y ella también.
— ¿La espera alguien a usted?
— No…  nunca me esperó nadie. Parece que escapo, pero estoy siempre volviendo.
— ¿Seguirá viaje?
— Seguiré viaje, a ella se la dejo. Se llama Mercedes. Cuando quiera irse, déjela. Solo le pido eso.
    Una mañana sin sol, sin nubes, de aire marrón, Carmen desapareció de nuevo en el desierto. Cada paso hacia la inmensa nada le va devolviendo la fuerza. También dormir al raso, sin sueños, hundida en la tierra que se traga su angustia. El siguiente pueblo y el siguiente y el siguiente la ven llegar e irse. No mira atrás. Ni una vez.
    Mercedes nació sabiéndose una extraña. Por eso crece sin preguntar nada. Esta mañana, como todas, despierta en su cama bajo la manta tosca y respira profundamente, descubriendo los olores nuevos de siempre. La claridad de la mañana apenas se intuye. La puerta, la ventanita, la silla, las cortinas, son como apariciones. Nada le resulta demasiado familiar. Se pone las zapatillas y da unos pasitos hacia su tesoro, una caja de cartón con dibujos de colores. En el fondo, una bolita marrón que la observa desde las profundidades incomprensibles de la mente gatuna. La coge en brazos y se acercan a la ventana. Miran lejos. Rodeadas por esas cuatro paredes de barro tan parecidas a lo de afuera, a ese horizonte envolvente, circular, claustrofóbico. Deja la gata en el suelo y hace la cama. Estira cada punta hasta que no quedan arrugas. Recorre con la mirada toda la habitación; la cama, la mesita, la silla y la gata. No hay nada más. Se pone su cadenita, su talismán, y sale.
    La nena siguió mirando siempre al horizonte, insistente. Pasó la infancia siendo la cabecilla de una tribu de salvajes como ella. Explorando su mundo, apurando aventuras en miniatura, comiéndose las etapas a bocados, a trancos largos, como si tuviera prisa. A los doce años el cabello le crecía en cascada, oscuro y caudaloso; una trenza equina con potencia para remolcar un mundo. Viajaba en tren a menudo, con sus hermanos adoptivos. Cabalgaba el vagón de carga ida y vuelta a la ciudad, con las provisiones que le encargaba Gregoria. En cuanto la vio nacer la quiso con el alma, le dio tanto cariño y cuidados que Mercedes se rindió. Aceptarla como madre fue su capitulación. Esta nena podía atravesar la pampa cabalgando a pelo, podía desaparecer en el horizonte y no detenerse nunca, podía ser Juana Azurduy, pero renunció. Por amor a Gregoria. Ella murió pronto y allí, en su lecho de muerte —antes de que pudiera llegar a adulta, antes de que pudiera aprender a defenderse del amor de esta otra madre—, le hizo prometer ser buena. Mercedes, sé buena. Y Mercedes cumplió, cuanto pudo, con la promesa.
    Con los años, los hombres de la familia se murieron o se fueron. Quedaron las cuatro mujeres. Modesta, la hija mayor de Gregoria y nueva matriarca indiscutible, pura raza criolla, oscura y risueña, dominante y adorada. Inés y Esther, las dos hijas adoratrices de Modesta, y Mercedes siempre allí, estando sin estar. Como un lobo haciéndose pasar por perro por mandato divino. Componía un vestido diferente cada día, o una blusa, o una pollera. Cosidos, bordados y planchados. Ninguno mejor en el pueblo. Ninguna más peinada, elegante y orgullosa que ella. Angulosa y reluciente, reía con la boca enorme abierta, con las manos en las caderas, vendiendo pañuelos y pastelitos en la plaza, complaciendo a los vecinos, a los niños, a la familia y a la madre que no la parió, pero que la seguía vigilando. Ella aún era buena.
    Nadie entendió porqué un día decidió casarse con ese hombre petiso que la rondaba por las tardes en su motoneta. Después de estudiarlo un tiempo desde las cimas de sus ensueños, decidió que este hombre bueno, anónimo e intrascendente —como todos los hombres de la familia—, sería el padre. Parió a una niña y se fue. Recogió unas pocas prendas y marchó tras la polvareda, sin decir nada. Todas las direcciones son la misma en el desierto, eso lo sabía.
    Anduvo rodando así mucho tiempo, ganándose la vida con sus astucias de domadora, de encantadora de gallinas, de conjuradora de pestes, de amansadora de rayos. Haciéndose pasar por quien realmente era, intentando resurgir de la grieta de dos traiciones, la de abandonar y la de ser abandonada. Nunca dejó de buscar a las suyas, y nunca las encontró. Las escaleras del tiempo hay que subirlas, no bajarlas, esta era la magia aún le quedaba por aprender.

    Mamá, abuela, abuelas, les escribo desde el otro lado del mundo. Hasta aquí me ha traído nuestra barquita ancestral, hecha de emociones comunes, de alianza y de mandato. A veces me siento sola en este camino, me olvido que es el nuestro y que ustedes están en él conmigo. Sigo su ejemplo de mujeres que reman sin miedo hacia lo que da más miedo, llevo su hierro en las venas. No su apellido. Tal vez su cara, o sus ojos, o su piel; tal vez algo más profundo que no sé, ni se ve. Las otras madres y abuelas, no trastabillan entre retornos y huidas, no flotan entre las bambalinas del tiempo, están presentes físicamente, o como recuerdos vivos en fotos, en ropas, en historias, en casas queridas. Ustedes no, eligieron ser los espíritus que van y vienen, libres e invisibles. Este es nuestro pacto. El precio que pagamos no es más alto que otros: es la ilegitimidad. Ser las errantes es nuestra tradición y yo la honro. Venimos a mostrar que hay otro lado, que hay otras maneras, que hay diferentes. Este es nuestro regalo para el mundo. Por eso quiero prometerles que no voy a parar hasta llevar la barquita más allá del más allá, no voy a parar hasta poder subir las escaleras del tiempo. Allá están ustedes y estamos todas. Somos del viento, somos Carmen.





martes, 21 de enero de 2025

La partida infinita

 

 

— Una partida más, va.

— Uf…. Llevamos 2 horas así.

— ¿Tienes algo mejor que hacer?

Las luces de los coches pasando rápidos por la avenida, llevando a la gente a su casa después del trabajo. El cielo amarillo, el aire irrespirable de siempre.

— No, la verdad. Lo sabes muy bien.

— ¿Entonces?

Barajó las cartas entre resignado y molesto.

— ¿Has sabido algo de tu hija?  

—Está volviendo, ya no soporta estar allá.

— Emigrando se pierde el alma. Yo todavía no la he recuperado.

— Tú eres de aquí. Si no, cuando tuviste el accidente hubieras vuelto a tu tierra.

— ¿Volver? ¿Para qué? Ya es suficiente que me enterraran allí. Nosotros ya no vamos a ninguna parte. Sabemos que esta partida es infinita.

— Ya empiezas, cuando te pones melodramático es que vas perdiendo.

Lanza sus cuatro ases sobre la mesa. Los parroquianos llegan y se van. Los días y las noches vienen y se van, el bar nunca cierra para ellos. 

¿La rutina o el final de la rutina?

 


El señor Ramón no cabía en sí de emoción, los pasos que lo habían llevado al éxito no le producían ningún orgullo, pero tampoco vergüenza. Abrió mecánicamente el cajón y cogió las llaves, los cigarros y la libreta. Un empujón a la puerta giratoria y ya estaba fuera.  Puso en marcha el coche, el motor resopló y se resistió como siempre. Es como una metáfora, pensó, que las cosas funcionen no es automático, ni silencioso, ni indoloro.  
Unos cuantos kilómetros, un par de cigarros y aparcar detrás de la finca, donde la fila de olmos retorcidos y el vertedero de muebles. Otra escenografía perfecta. Vaya con el guionista de mi vida. ¿Qué viene ahora? Meter la llave en la cerradura. Pollo frío y vino. Masticar y beber y sentir el alcohol subiendo poco a poco los decibeles del pensamiento, hasta arrancar las palabras. Libreta. Borronear durante horas. Dormir sin sueño.  
No va de emborracharse, tampoco de jugar al antihéroe, pero no sabe cómo dejar de hacer ninguna de las dos cosas. Mario vendrá mañana a por el texto. Será un striptease, una exhibición del circo de su vejez. Madurez poética le llamarán. El ego ya no se infla, ni reacciona. Solo la emoción, tal vez la emoción de la llama que se sabe moribunda. Que así sea pues, bienvenida la pirotecnia que aturde y exalta y olvida.

jueves, 19 de diciembre de 2024

Mudar la piel

 Begonya Alejandro Alberich


Mudar la piel




A quienes sobrevivieron y a quienes no.

 A la fuerza de la memoria individual que teje la colectiva. 

A la fuerza del apoyo mutuo.




Las baldosas del suelo son blancas, la pared es blanca, la cortina tipo persiana es blanca. Sólo hay un detalle de color amarillo y es una flor artificial, en un rincón de la habitación. Laia continúa mirando las baldosas, no hay nada que la anime a levantar la cabeza.


La llaman por su nombre y sus apellidos. Entra. Saludos. Presentaciones. Todo muy pulcro, muy limpio, muy correcto. Vuelve a agachar la cabeza.




Primera sesión. El chico de la camiseta roja.


- No me pasa nada que no le pase al resto, sólo que me gustaría encontrar al chico de la camiseta roja…


- ¿Que quién es? Pués…lo único que sé es que nos ayudó a subirnos al capot de un coche para pasar a lo alto de la furgoneta que había al lado y con la ayuda de unas vecinas, alcanzar el balcón del primer piso. Cuando estuvimos a salvo y me giré para darle la mano, ya no estaba…¿Tú podrías ayudarme a encontrarlo?


- Esto de la piel…es la humedad que se me ha quedado dentro. Sí, parece que las manos estén mojadas y de hecho lo están, también los pies…Me cambio los calcetines dos veces al día.



Segunda sesión. Olor a gasolina y lodo.


- ¿De noche? Creo que duermo para soñar con el chico de la camiseta roja. En mis sueños recorro las calles como si pudiera volar sobre ellas y veo personas que ya no veré más…Me da miedo olvidarme de la cara del chico de la camiseta roja…


Habla sin levantar la cabeza, pasando un pañuelo de tela por sus manos mojadas. Nota que la piel empieza a separarse haciendo ampollas, las aprieta con el pañuelo contra la palma para evitar que se separen de la piel.


- …Creo que lo mismo que no me deja dormir es lo que me empuja a un sueño profundo que no dura más que una hora hasta que me vuelvo a despertar con el olor a lodo y gasolina en la nariz y me da dolor de cabeza


- Sí, debe ser eso…que vuelvo a caer por agotamiento…hasta que vuelvo a despertarme




Tercera sesión. Tiempo de anestesia.


- Sí hay algo que también me preocupa…Mi padre está bebiendo todos los días desde entonces, creo que lo hace para poder dormir…Empezó tomando una copa después de cenar…parece que está tomándose un tiempo… para no pensar, para no despertarse por la noche…Y creo que le sirve de anestesia…


- Mi padre se llama Lucio, como mi abuela, que se llamaba Lucía pero todo el mundo la llamaba Luz. Algunas vecinas me contaron que cuando mataron a mi abuelo, abrió las puertas de su casa para dar cobijo a las madres que también habían perdido a sus maridos, por eso la llamaban Luz, porque a esas familias les iluminó los días…Pero el tiempo empeoró la situación hasta el punto de no poder alimentar a sus cinco hijos. Mi padre era el más pequeño. Escribió una carta a su suegro explicándole que no podía más que llevarlo a la beneficencia para no dejar que murieran de hambre, la misma mañana que fue a llevarlo apareció mi bisabuelo y se lo llevó con él. La guerra lo había dejado solo. Enseñó a mi padre el oficio de la familia. Era carpintero y fabricaba ataúdes…


- La muerte ha sido el sustento de mi familia. Cuando era pequeña mi bisabuelo me contaba la historia familiar como un cuento…Me contaba que la muerte viene de noche y que por eso lo llamaban cuando caía el día…para ir a tomar medidas. Y que cuando volvía a casa, despertaba a mi padre…con ocho años, y se ponían a cortar y a pulir la madera para tener la ataúd acabada al amanecer.- Suspira mirándose las manos blanquecinas de la humedad con virutas de piel desprendiéndose- Sí, he crecido con olor a madera y serrín…pero el agua se lo llevó todo, hasta el olor de la infancia…



Cuarta sesión. Fantasmas.


- Las manos ya están mudando la piel, sí…-Sonríe triste, como si la piel que se desprende se estuviera llevando algo que ya no volverá- Y no, no hemos recuperado nada de la carpintería, mi padre no recupera las fuerzas y nos hemos organizado con el vecindario para hacer una red de apoyo mútuo. Compartir el tiempo ayudando alivia el dolor…y nos anima a dejarnos ayudar…Me da miedo que por ayudar a los demás, acabe olvidándome de ayudarme a mí misma…La semana que viene nos reuniremos en la carpintería para vaciar lo que queda y tirarlo…


- Bueno…lo que realmente me preocupa ahora mismo es que no he sabido nada del chico de la camiseta roja… Los fantasmas nocturnos acechan y se acumulan los miedos, la verdad es que sí…Realmente, lo que me asusta es que el miedo se instale en mí…no me suelte…y me vuelva cruel… Creo que por eso quiero encontrar al chico de la camiseta roja…para sentir que puedo desafiar a la vida y a la vez volver a creer en ella…


- Ah no, ya no me hace falta cambiar los calcetines dos veces al día porque hasta que no apretará el frío he decidido ir en sandalias para que el sol me toque los pies, abro bien los dedos para que cuelen los rayos por cada huequito. Incluso a veces me paro en la plaza y me siento al borde de la fuente. Bueno, de lo que queda de ella. Me siento al sol y siento cómo filtra el calor, como cuando me sentaba al borde del fuego con mi bisabuelo para escucharle contar nuestra historia…


sábado, 16 de noviembre de 2024

 Un dia fosc d'arabogues que no abellís eixir massa de casa, un influèncer sense seguidors està pegat a la pantalla cercant maneres de deixar de ser mediocre. Desfaenat com està, i amb afany d'inmediatesa, contacta amb un bruixot del que ha sentit parlar i del que ha vist de sobte un story que ha publicat fa apenes unes hores. L'influèncer sense seguidors li escriu per privat:

- Requerisc -imperant- de la teua ajuda, estic desesperat! Res més vull en esta vida que ser algú que passe a la posteritat. Escriu-me que hem de parlar.

El bruixot que tot just estave conectat mirant si l'story que havie penjat havie segut efectiu, ho llig i mig s'indigna, pel que decideix contestar-li seguit:

- Ja fa temps que esperava este missatge. una cosa te diré al respecte, no te desitjo cap mal però que sàvies que no tinc cap conjur suficientment potent per arreglar el teu mal, la teua ineptitut.

L'influèncer sense seguidors que ho llig a l'acte li vull la sang... els ulls li couen i tot de l'acalorà però el seu orgull se posa a la defensiva:

- M'ho acabes de resoldre, encara t'he de donar les gràcies i tot per això... però ja no te necessito i, una cosa també te diré, quan siga més famós ja te pots preparar, per qué publicaré aquesta i d'altres injúries en el teu nom. Caurà sobre tú la venjança de la transparència, ningú te vorà!.

- Vas tú apanyat si creus que eixe dia de fama aplegarà. Que no, que no, que no te faràs famós i a més ara mateix t'estic encenent una vela negra, així que no faràs cosa bona... així de ràpid ho acabes de fotre tot.

BLOQUEAR

El bruixot mai va saber que l'havien bloquejat, no va esperar ni la reacció després del seu últim missatge. L'influèncer sense seguidors... d'ell no se'n sap res, almenys jo.

viernes, 18 de octubre de 2024

Sandy

Hasta hace unos días estaba bajo el cálido sol, junto al mar en una playa apenas conocida.

Ella vino un día, se tumbó sobre mi, acaricié su espalda y le di calor. Noté cómo su cuerpo se relajaba a mi contacto. Después ella se dio la vuelta y pude tocar su rostro, sus labios.

Pasó un tiempo así, hasta que se incorporó de rodillas y me tomó entre sus manos, me sonrió.

Sacó de una bolsa un pequeño tarro y me llevó con ella dentro de él.

Viajamos durante horas y finalmente llegamos a su casa donde me colocó junto a su cama, al lado de otros tarros que contenían arena como yo, pero de otros lugares. Tenemos diferentes texturas y colores.

Ella de vez en cuando nos coloca entre sus manos, una a una y noto cómo su mirada regresa a otros lugares, a otros momentos.

Todas somos lo mismo y no lo somos, ella y nosotras. Si nos tratas bien, nos pegamos a ti, si nos oprimes, nos escurrimos de entre tus dedos, somos difíciles de atrapar.

Estoy bien, no creáis, pero en ocasiones echo de menos la playa en que nací, el rumos del agua besándome, la energía del sol y la luna sobre mi.

Se que no volveré jamás a ese lugar, pero quien sabe qué caminos recorreré, qué palabras escucharé, qué vientos me tocarán...

Lo que sé seguro, porque ella me lo ha dicho es que la cubriré  cuando llegue el final de sus días, que junto a las otras arenas, mis hermanas, seré lo último que toque su piel.

La india (boceto)

Historia de Mercedes


A la niña pequeña la abandonaron en el desierto, en medio de las piedras y el polvo. La encontraron dos ferroviarios. Se había estropeado la máquina, y bajaron para intentar ponerla otra vez en marcha, llave en mano, grasientos y sudados. El aire era tórrido y bestial, el paisaje también. De la parte joven del mundo, esa que siempre estará a medio explorar. Vieron a la niña erguida en el sol, oscura y desafiante. Cubierta de polvo, sin soltar ni una lágrima. Tan seca como el paisaje. Se diría que estaba esperando al tren en una estación, decidida a seguir su viaje. 

En su nuevo pueblo pasó la infancia siendo la cabecilla de una tribu de salvajes como ella. Explorando su mundo, apurando aventuras en miniatura, comiéndose las etapas a bocados, a trancos largos, como si tuviera prisa. A los doce años el cabello le crecía en cascada, oscuro y caudaloso. Una trenza equina con potencia para remolcar un mundo. Viajaba en tren a menudo, con sus hermanos adoptivos. Cabalgaba el vagón de carga ida y vuelta a la ciudad, con las provisiones que le encargaba Gregoria, la mujer que la había acogido como hija. En cuanto vio a la pequeña salvaje que le trajeron sus hijos del desierto, la quiso con el alma. La adoptó en su corazón, le dio tanto cariño y cuidados que la nena se rindió. Aceptarla como madre fue su capitulación, su punto débil. Esta niña podía atravesar la pampa cabalgando a pelo, podía desaparecer en el horizonte y no detenerse nunca, podía ser Juana Azurduy, pero renunció. Por amor a Gregoria. 

Gregoria murió pronto y fue allí, en su lecho de muerte —antes de que pudiera llegar a mujer, antes de que pudiera aprender a defenderse del amor de esta otra madre—, que le hizo prometer ser buena. Mercedes, sé buena. Y Mercedes cumplió, decididamente, con la promesa. 

Pasaron años, los hombres de la familia se murieron o se fueron y quedaron cuatro mujeres. Modesta, la hija mayor de Gregoria y nueva matriarca indiscutible. Pura raza criolla, dura y risueña, dominante y adorada. Inés y Esther, las dos hijas adoratrices y Mercedes siempre allí, estando sin estar. Como un lobo haciéndose pasar por perro por mandato divino. 

Cosía un vestido diferente cada día, o una blusa, o una pollera. Cosidos, bordados y planchados. Ninguno mejor en el barrio. Ninguna más peinada, elegante y orgullosa que ella. Reía con la boca enorme abierta, con las manos en las caderas, vendiendo galletitas y bombones en Casa Tía, complaciendo a los jefes, a los clientes, y a la familia que está en los cielos. Nadie llegó a explicarse porqué un día decidió casarse con ese hombre petiso que la venía a buscar en motoneta. Pero tuvo sus hijos, arropó sus muertos, alejó catástrofes, quemó las cerillas que le tocaban viéndolas quemarse, viéndolas desaparecer una a una sin revelarle nada. Con los años bajó las garras y los dientes se le hicieron romos, la mirada antes lejana se le volvió hacia dentro, hasta quedarse parada en un horizonte interior, inalcanzable. Buscó siempre a las suyas, y nunca las encontró. Las suyas estaban arriba; las abuelas perdidas. Las escaleras del tiempo hay que subirlas, no bajarlas, este es el super-poder que no supo aprender. 


El termo

Soy el termo de café de Gabriela. Ella me cuida mucho, siempre está pendiente de donde me deja. A veces me pierde de vista, e inmediatamente comienza a hacer movimientos nerviosos, mira a izquierda y derecha, salta de la silla y sale zumbando hacia la última aula donde estuvo, después a la biblioteca, después al patio, pregunta a todas las que se le cruzan por el pasillo, hasta que por fin me avista y se calma. Crisis superada. Me coge entre sus manos y respira hondo. 

    Sé que no concibe su vida sin mí, pero yo me pregunto si hay algo más para mí que el café de especialidad de cada día. Ya sé que no debería quejarme, mi vida es interesante; salimos al monte, a la montaña, a la playa, al teatro, de visita, a veces paseamos por ciudades nuevas, leemos tranquilamente junto al fuego o la ventana abierta. Siento el cariño que me transmite al cogerme suavemente. Pero… ¿y si un día dejara de mantener la temperatura? Gabriela es muy estricta: el café tiene que aguantar caliente al menos dos horas.

    Sin embargo, no tengo miedo. Al pensar en esto vislumbro mi única posibilidad de escapatoria, de trascendencia, de trasformación esencial. En lo profundo de mi alma, quiero que llegue ese día. Quiero pasar esa inevitable temporada de olvido en la oscuridad del armario, donde un día aparecerá la cara de Ana, y luego su mano, y luego la luz del jardín, la tierra fresca, el tacto inquieto de las raíces de una planta de flor. Algún día seré maceta.

lunes, 26 de agosto de 2024

Crucifixiones



Ahora vamos rumbo a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley. Ellos lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles para que lo humillen, lo ultrajen y lo crucifiquen.
Mateo 20:18-19




— ¿Estás haciendo las crucifixiones?

Se miró las manos. Tenían una latencia como de animal dormido, ¿se le habían hecho más grandes? Le molestaba un poco el humor negro de su jefe, eso de las crucifixiones…

Quedaba algo de luz en el patio interior. Endulzó el café y lo revolvió con delicadeza, mirando las cabezas inclinadas, las expresiones inquietas en la sala de espera.

— Mira por el cristal, allí están aún.
— Es casi de noche, ¿has visto la hora?
— Acabaré pronto. Me quedan las ultimas.

Descolgó la bata azul del perchero y se tragó el último sorbo de café.   

— No puedo hacer más. Lo siento.

Cortó la llamada y tipeó un poco más en el ordenador. En los últimos tiempos le rondaba la idea de alterar levemente los informes. Sólo un poco, algún adjetivo un poco menos técnico, o tal vez la ortografía. ¿Una sola falta desactivaría su efecto? Más de dos, seguro, pero la intención sería demasiado evidente.
Estaba cansada. Cada vez más. Como si la energía le fuera cayendo lentamente a cero. Como la concentración del contraste en la sangre después de las pruebas.


Informe


Se practicaron cortes axiales cerebrales, desde la base hasta el vértice, con administración de radioisótopo de contraste endovenoso con protocolo trifásico.

Hallazgos

Presencia de imagen hiperdensa heterogénea con áreas hipodensas en su interior de contornos mal definidos rodeada de extenso halo hipodenso, pudiendo plantear como posibilidad diagnóstica da la de proceso neoproliferativo con edema perilesional y cerrebral difuso izquierdo que condiciona compresión y desplazamiento discreto de las estructuras medias. 



Acabó de tipear la última frase y salió a la sala de espera. Cuatro pares de ojos asustados se le clavaron inmediatamente. Levantó la lista hasta la altura de los ojos y leyó el primer nombre.

lunes, 12 de agosto de 2024

Microrrelato. Personaje mitológico

 Suposición 

El unicornio la miró con desilusión. Inocente y aterrada, la joven virgen, suplicaba clemencia. Arremetió contra ella y clavó su cuerno en el esternón de la doncella. Después abrió sus alas y alzó el vuelo hasta posarse en la cumbre de un pico montañoso para observar entusiasmado a un leñador que nadaba  desnudo por el río.

Microrrelato. Punto de vista: insecto

 Ejercicio. Escribe un microrrelato desde el punto de vista de un insecto

                     Cambio de Rumbo

      Aquella masa de carne sudorosa emitía un olor atrayente. Por más que intentaba acercarme, un viento huracanado me arrebataba la trayectoria y me lanzaba contra las cortinas. Entonces tuve la idea de lanzarme en picado pero el zumbido de mi aleteo lo despertó, se giró de repente, se dió la vuelta y se tapo hasta las orejas. 

Estaba desesperada, tenía hambre y todo se ponía en mi contra. Observé, que por descuido, se había dejado un tobillo al aire libre y me lo gocé. Me puse las botas. La noche había sido dura, pero fructífera.

 Observé la luz de la mañana. El sol amanecía en morados ese día. Una luz fluorescente que deslumbraba mi entusiasmo. Sonreí y me dejé llevar por su destello. La explosión despertó a la víctima que en un chasquido se volvió verdugo.

miércoles, 31 de julio de 2024

Cuatro manos entrelazadas, dos corazones sincronizados

Al revés.
Vives ahora
de fin a origen
de olor a semilla.

Vas enterrando
hoy cuerpos de ayer,
renaces pieles arrugadas
de un tiempo viejo.

Tejes bien tu vida nueva,
sabes, avanzas
arremetes
contra el negro
que hoy vencido
se rinde
a tu aroma de jengibre
al brillante color de la cúrcuma.

Te adereza
otra vida

Saboreas
sabes.

Autora: Ana Caballer

 

A mi amiga, mi confidente, mi familia.
No has dejado de hacer kintsugi con mi dolor.
¿Cómo se recompone una mujer rota en innumerables pedazos?

Te uniste a mi batallón, a mi red de apoyo.
Esa red sobre la que rebotaba en mis momentos más bajos
y me protegía de caer en el infierno emocional.
Me cuidaste en una etapa de extrema vulnerabilidad.
Creaste islas de bienestar temporal en las que pude refugiarme.

Incondicional, protectora, generosa, genuina, explosiva, arrolladora.
Tu simple presencia me empuja sin piedad a vivir.
Me siento viva cuando estoy contigo.
¿Cómo se aprende de nuevo a vivir?

Acompañas, reflexionas, compartes, motivas, jaleas, ríes.
Riada imparable de Vitamina F (F de friends).
Compleja en tu positividad.
Sincera en tus reacciones.
Atractiva en tu heterocromía.

Sublime poeta, no firmas tus anónimas poesías.
Nacen de una explosión de sensibilidad y creatividad.
Desbordada ante tu regalo: YO en poesía.
¿Conocéis a alguien a quien le hayan regalado una poesía? Sí, a mí.

Descumplo etapas,
cambio el sentido de mi flecha del tiempo.
Colecciono primeras veces, primeras experiencias.
Descubro emociones, sentimientos, pensamientos desaprendidos.
Reaprendo a vivir una segunda vida, una segunda oportunidad.
Desnudarme, arrojar mis tabúes, prejuicios, autocríticas, falsas creencias.
Incluso me reaprendo a mí misma.
Me cubro toda yo de jengibre y cúrcuma,
dejo en la cuneta de mi camino a la oscuridad.
¿Se puede recorrer el camino sin cargar con emociones negras? Sí, se puede.

Ana, eres mujer que se acepta tal cual es: TODO o NADA.
Atrapadora de esencias.
Intérprete de mi mundo interior.
Te quiero y te necesito en mi vida, formas parte de mi.

Autora: Rosa Cabedo

martes, 30 de julio de 2024

Encuentro con la mirada de la muerte

¿Cuál ha sido el día más doloroso de mi vida? De entre los candidatos, me siento incapaz de cuantificarlos y aún menos plantear una comparativa. Alguien diría que aplique una de mis máximas: lo que no se puede medir, no existe. En esta ocasión, no puedo estar más en desacuerdo. Importante contextualizar. Me es imposible hacer un ranking de una emoción como el dolor, pero sí puedo clasificar a los aspirantes en categorías. Son las siguientes:

  • Categoría I: tan sólo tengo recuerdos que rozan la sensación de un mal sueño.
  • Categoría II: muy a mi pesar, podría describirlos con todo lujo de detalles.
  • Categoría III: para salvaguarda de mi paz interior, también tengo uno en el que decidí vivir conscientemente cada segundo, sabiendo que eran los últimos.
  • Y, de entre este selecto elenco de pretendientes, el ganador pertenece a la primera de las categorías, pudiendo apropiarse de un título que podría ser "Encuentro con la mirada de la muerte".

    Doce de mayo de 2005. He perdido al pilar de mi vida. Día del entierro. Allí, en el mismo cementerio, junto al nicho aún vacío, unos ojos con un iris como el cielo en un día de tormenta miran fijamente el torso visible en el féretro y después se desplazan sobre mí. Siento cómo revienta mi corazón y mis piernas comienzan a temblar. No puedo soportar esa mirada tan desconcertante y me aparto con una rosa roja que aún conservo hoy en día. Esa rosa es uno de mis tesoros emocionales.

    Esa mirada se convierte en mi mayor pesadilla. Aparece en cualquier momento. Interrumpe mis actividades. Se inmiscuye en mis reuniones de trabajo y pretende ser la protagonista en mis -escasos- encuentros sociales. En los momentos de intimidad con mi pareja se interpone entre ambos. La siento sentada junto a mí en el metro, en el coche, en mis clases, ... Y, aunque no lo recuerdo, no sería de extrañar que también protagonice mis terrores nocturnos. Parece ser que -aparentemente- me despierto gritando, con los ojos abiertos y en pleno ataque de ansiedad. Repito, no lo recuerdo.

    Dicen que el tiempo lo cura todo. No es cierto. Si no hacemos nada por gestionar nuestro dolor, el tiempo simplemente pone capas que nos crean una falsa ilusión de superación. Un día cualquiera puede crearse la tormenta perfecta que provoque que esa herida brote de nuevo a la superficie de manera abrupta, desmedida y nos lleve al punto de inicio, ese que creíamos haber "superado". Hablo desde la experiencia.

    Han pasado ya unos años. Llaman al timbre. Cuando abro el portón, frente a mi se encuentra esa mirada penetrante, sedienta de información golosa por todos sus poros. Mis escasos recuerdos del día en que nos conocimos sin hablarnos vienen a mi mente en cascada. Esa mirada me ha trasladado a ese cementerio, a esa caja, a esa rosa, ..., a esa pérdida. Todo el dolor se abre paso y me invade por completo. Es un dolor con patas que ha vuelto a mi como un boomerang. Aunque, debo reconocerlo ..., nunca me ha abandonado.

    No comprendo por qué está en la entrada de mi casa junto a otra persona que parece ser comenta más tarde que es pariente lejano mío. Ahora somos vecinos, viven en la misma calle. No lo recuerdo. Sin embargo, a quien no olvido es a ansiedad, que viene a mi encuentro más fuerte que nunca, nutrida por la nueva presencia y por el impacto que causa en mí. El corazón no para de golpearme, las piernas no me sostienen y el sudor frío, ese que aparece momentos antes de que sientas que vas a perder la conciencia, se adueña de mí.

    Siempre tendré grabado en mi mente el mensaje de esa siniestra mirada: muerte.

    Muerte, eres codiciosa. Estás ávida de plañideras que te adoren, te agasajen y vivan postradas a tus pies. Durante años he huido de ti sin éxito... He vuelto a tenerte frente a mí recientemente, pero en esta ocasión te he aceptado y te he sostenido la mirada. No formo parte de tu cortejo, no necesito apoyarme en ti.

    Te he vencido. Soy YO y únicamente YO quien recorre mi camino.

    Customización del cuento de "Los tres cerditos"

    Propuesta: Customización de un cuento

    Estructura de la customización del cuento de "Los tres cerditos" realizada a cuatro manos por Bárbara Monfort Colom y Rosa Cabedo Gallén.

    Versión de Rosa Cabedo a partir de la estructura a cuatro manos.

    Voy camino de la oficina, pero no es un día cualquiera. Ayer a última hora recibí del Departamento de Proyectos el informe mensual y el proyecto estrella va acumulando demoras a las que no encuentro explicación alguna. No podemos permitirnos entregarlo fuera de plazo, pues cada día de retraso nos representa 5K euros de penalización.

    En cuanto entro en mi despacho cierro una reunión con cada uno de mis tres responsables de área. Mi estilo de liderazgo es el divide y vencerás. Nunca me defrauda. Busco tres versiones de un mismo proyecto. Al fin y al cabo, mi objetivo a cumplir es la entrega del proyecto antes de la fecha fijada. Lo demás carece de importancia.

    Tras analizar más en detalle el último cuadro de mando, mi prioridad máxima es averiguar qué ocurre realmente con este proyecto que puede poner en jaque el margen de ganancia y posicionarnos en un escenario de riesgo cara al año que viene.

    El primero con el que me entrevisto es con Clown. Me consta que es mediocre en su trabajo, pero tiene dos habilidades fundamentales, imprescindibles en mi día a día. Me hace reír y me conoce muy bien. Después de una mala noticia es reconfortante saber que, por lo menos, una persona en la oficina es capaz de levantarme el ánimo. Me consta que no será él quien saque el proyecto adelante, pero le necesito para mantener mi motivación y afianzar mi propio liderazgo.

    Otra habilidad que valoro mucho es la imaginacion, y Clown la tiene a raudales. Es el mejor a la hora de crear sobre la marcha una historia -que en ocasiones puede llegar a ser factible- para justificar su retraso en la consecución de las metas de los proyectos que tiene asignados. Me consta que se desentiende de su equipo, que cada uno de ellos hace lo que puede ante la ausencia de un responsable, de un líder que les marque las pautas a seguir. Sin embargo, todos lo olvidan y se rinden a sus encantos en la reunión informal de los viernes a mediodía. Indiscutiblemente, Clown es el rey del terraceo. Siempre me paso un momento a saludar, ya que es en esas situaciones informales donde despliega su red de seducción sobre el personal a su cargo... y sobre mí.

    Mi segunda entrevista es con Addict. Si afirmase que le conozco un poco superficialmente, mentiría. Sigue siendo una incógnita para mí. Es el primero en llegar a la oficina y el último en abandonarla. No tiene picos en los que su productividad disminuya, ya que a lo largo de su jornada laboral tan sólo abandona su despacho a la hora de la comida. Realmente, su propio equipo le molesta y asume sus funciones, ya que... ¡quién las va a desarrollar mejor que él mismo!

    Su equipo lo tiene claro: se autogestionan por dos motivos. El primero de ellos es el poder justificar su pertenencia a la empresa y el segundo, el más preocupante, requiere de un gran esfuerzo realizado en unas condiciones de motivación más bien deficientes. Si Addict tiene alguna duda de cualquier naturaleza, exige una respuesta inmediata de cualquier miembro de su equipo. Eso les obliga a realizar labores en segundo plano que nunca verán la luz y, por lo tanto, nunca tendrán reconocimiento alguno.

    Soy plenamente consciente de la forma de proceder de Addict, pero el objetivo final es sacar el proyecto adelante. Nunca entro en cómo gestionan los responsables de área a sus equipos. Allá cada uno. Tan sólo importan los resultados, y Addict me ha asegurado la entrega sin demora con una probabilidad prácticamente del 100%.

    Finalmente, la última de las reuniones es con Kit. Me aburre y me estresa por partes iguales. No necesito que nadie me comunique de nuevo lo que ya sé, tan sólo me interesa que me notifiquen que el proyecto se va a entregar respetando los tiempos establecidos. No quiero saber nada de las medidas intermedias extras tomadas, ni de los recursos adicionales tanto económicos como humanos requeridos.

    El equipo de Kit se reúne a primera hora de la mañana donde se concreta el trabajo del día. El lema que cumplen todos sin excepción es que las reuniones no duran más de 15 minutos. Adicionalmente, si varios miembros consideran oportuno reunirse para un tema que les concierne únicamente a ellos, tienen autonomía para acordar encuentros formales o informales, según convenga.

    Kit espera tener avanzado el proyecto. Sin embargo, no puede asegurarme con rotundidad su finalización para la fecha prevista. El motivo se debe al calendario laboral, concretamente dos festividades locales en las que la empresa permanecerá cerrada. Así pues, no puedo esperar nada de Kit y se lo hago saber. No soporto la falta de compromiso.

    Necesito a mi alrededor personas que me sumen en seguridad, no que lo hagan en incertidumbre. Lo importante es realizar la entrega, los últimos flecos pueden finalizarse en los días siguientes. Kit aspira a entregar el proyecto ya concluido, mientras que lo que se requiere es hacerlo antes de la fecha límite.

    Suena mi móvil. Comida con el director general en media hora. Va a ser un buen día ya que le puedo confirmar que el proyecto se va a entregar en plazo. Mi bonus ya lo tengo asegurado. Al fin y al cabo, eso es lo que verdaderamente me importa. Cómo se recorre el camino me es completamente indiferente, tan sólo es relevante cumplir en tiempo. Después ya se le podrá dar forma..., si procede.

    Arquetipo: Explorador de emociones

    Hoy me he levantado y he escuchado, un día más, a mi voz interior. Ella es mi termómetro emocional, fiable al 100%, siempre y cuando se le escuche desde la honestidad. Durante muchos años ha sido la mensajera de falsas creencias, tabúes, prejuicios, pensamientos intrusivos, críticas constantes, ... Imposible amordazarla, siempre lograba abrirse camino.

    Pero entonces, de repente, se produjo un punto de inflexión. En lugar de acallarla, de luchar por ignorarla, la nueva estrategia fue escucharla. Reflexionar sobre lo que me decía, no dejar de preguntar, reflexionar sobre nuestras conversaciones para, finalmente, lograr comprender. La comprensión es la llave hacia la sanación, hacia el desarrollo interior y el autoconocimiento.

    Por eso yo y mi yo interior, alineadas, hemos adoptado desde hace ya un tiempo la ventana temporal de las 24 horas. Avanzamos en el camino del debo, tengo y quiero. Cada día hacemos por llenar un poquito más el vaso del quiero, en detrimento del debo y el tengo que. A medida que crecen los quiero, la voz interior se calma y se afianza en mi la paz interior en forma de terciopelo.

    Siesta

    Arañas y alimañitas
    comienzan a moverse
    en algún lugar
    del fondo del cráneo.
    Relojes pequeños
    sincronizando el paso.
    Un ejército en miniatura.
    invade con orden,
    pronto estaré dormida.

    El mundo externo se inmoviliza
    el interno se pone en marcha.
    Clic. Cambio de canal.

    Debajo del mar también hay olas,
    me ahogo gustosa.
    La identidad se quedó fuera,
    y la consciencia de ser.

    Queda la experiencia
    a secas,
    líquida,
    total,
    impredecible,
    Oz.

    El sueño que sueña
    que sueña
    que sueña que soñó
    no se detiene,
    no puede,
    va cabeza abajo y en caída libre.


    Relato. Madre Tierra (ejemplo de realismo mágico) En la Vila había dos maneras de tener un hijo, hacerlo de forma natural o a trav...

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