viernes, 7 de febrero de 2025

El arte de la calumnia

 Concentración. La cucharilla no debe temblar. No delante de las demás. La coge con todo el control del que es capaz, y remueve la infusión. El azúcar se disuelve bajo su mirada fija, no se atreve a levantarla. Escucha a medias los comentarios airados, como una lluvia insistente y pesada. La cabeza se le va hundiendo entre los hombros. Protección, huída o lucha.  Cada célula de su cuerpo se debate en la elección. Apoya las dos manos en la mesa y suelta todo el aire en un largo resoplido. Levanta finalmente la mirada para repasar las de todas, una a una.

— Hermanas, la calumnia es un arte, y vosotras sois unas miserables aprendices. Sobre todo miserables. No os merecéis ni el placer que os provoca. Ofidias, caranchas. El cadáver todavía palpita, pero lo seguís apuñalando.


Se puso de pie dolorosamente y se tomó un minuto para recuperar la compostura. El hábito arrugado no mermaba ni una pizca su aura de ménade amenazante. Las hubiera estrangulada una a una, solo para librar al mundo de ese cónclave de sabandijas.


miércoles, 5 de febrero de 2025

Una historia enlatada


Desde que trabajaba allí, la chica había adquirido una mirada  fija y vidriosa, como de llanto fosilizado. Tal vez imaginaba todas esas vidas que ya eran muertes cuando desfilaban ante ella. Vidas despreocupadas, danzarinas, escurridizas, inocentes. Las manos se movían rápidas como siempre, atentas a la disciplina de la producción: sardina, sardina, sardina, tapa, fuera. Ocho horas cada día duraba la comunión de criaturas dolientes, las de las tumbas metálicas y la del delantal impermeable.

sábado, 25 de enero de 2025

Las indias


La noche es fría y limpia, Carmen mira al cielo estrellado, estirada en medio del campo abierto. Tiene la mente en blanco, se deja ir y es como morirse un poco. Siente que el frío y la luz plateada le limpian el alma. Hoy ha caminado un trecho largo, el barranco salado, el viento amargo, el sol picante, nada de agua. Esta tierra siempre tiene sed. En el fondo del valle, se desparraman las lucecitas de un pueblo, sobre el telón arrugado de la montaña. Carmen está preñada. Una curva suave, apenas visible en su cuerpo fuerte. Le pesa lo justo. Se enfila a la calle única del pueblo y golpea una de las puertas, entreabierta y ruinosa como todas. El silencio siempre la tranquiliza, le acalla los pensamientos. Cuando el silencio reina, ella se siente segura.
    — Buen día, amiga… He caminado muchos días y muchas noches. No soy nadie y no vengo de ninguna parte… ¿me deja pasar? La mujer la repasa con la mirada, sin sorpresa ni desagrado, las hermanas del polvo y el cansancio se reconocen.
    — Comida no hay mucha, pero si quiere descansar unos días.. esta es su casa.

La arena bailotea fuera, compone círculos y trayectorias imprevisibles, se asoma por debajo de la puerta, sin ganas de parar en ninguna parte. Carmen y Gregoria congenian. Un jarrito hierve en el fuego. Se pasan el mate en silencio. El parto fue sencillo, no llamó la atención de nadie. La bebé está tranquila y ella también.
— ¿La espera alguien a usted?
— No…  nunca me esperó nadie. Parece que escapo, pero estoy siempre volviendo.
— ¿Seguirá viaje?
— Seguiré viaje, a ella se la dejo. Se llama Mercedes. Cuando quiera irse, déjela. Solo le pido eso.
    Una mañana sin sol, sin nubes, de aire marrón, Carmen desapareció de nuevo en el desierto. Cada paso hacia la inmensa nada le va devolviendo la fuerza. También dormir al raso, sin sueños, hundida en la tierra que se traga su angustia. El siguiente pueblo y el siguiente y el siguiente la ven llegar e irse. No mira atrás. Ni una vez.
    Mercedes nació sabiéndose una extraña. Por eso crece sin preguntar nada. Esta mañana, como todas, despierta en su cama bajo la manta tosca y respira profundamente, descubriendo los olores nuevos de siempre. La claridad de la mañana apenas se intuye. La puerta, la ventanita, la silla, las cortinas, son como apariciones. Nada le resulta demasiado familiar. Se pone las zapatillas y da unos pasitos hacia su tesoro, una caja de cartón con dibujos de colores. En el fondo, una bolita marrón que la observa desde las profundidades incomprensibles de la mente gatuna. La coge en brazos y se acercan a la ventana. Miran lejos. Rodeadas por esas cuatro paredes de barro tan parecidas a lo de afuera, a ese horizonte envolvente, circular, claustrofóbico. Deja la gata en el suelo y hace la cama. Estira cada punta hasta que no quedan arrugas. Recorre con la mirada toda la habitación; la cama, la mesita, la silla y la gata. No hay nada más. Se pone su cadenita, su talismán, y sale.
    La nena siguió mirando siempre al horizonte, insistente. Pasó la infancia siendo la cabecilla de una tribu de salvajes como ella. Explorando su mundo, apurando aventuras en miniatura, comiéndose las etapas a bocados, a trancos largos, como si tuviera prisa. A los doce años el cabello le crecía en cascada, oscuro y caudaloso; una trenza equina con potencia para remolcar un mundo. Viajaba en tren a menudo, con sus hermanos adoptivos. Cabalgaba el vagón de carga ida y vuelta a la ciudad, con las provisiones que le encargaba Gregoria. En cuanto la vio nacer la quiso con el alma, le dio tanto cariño y cuidados que Mercedes se rindió. Aceptarla como madre fue su capitulación. Esta nena podía atravesar la pampa cabalgando a pelo, podía desaparecer en el horizonte y no detenerse nunca, podía ser Juana Azurduy, pero renunció. Por amor a Gregoria. Ella murió pronto y allí, en su lecho de muerte —antes de que pudiera llegar a adulta, antes de que pudiera aprender a defenderse del amor de esta otra madre—, le hizo prometer ser buena. Mercedes, sé buena. Y Mercedes cumplió, cuanto pudo, con la promesa.
    Con los años, los hombres de la familia se murieron o se fueron. Quedaron las cuatro mujeres. Modesta, la hija mayor de Gregoria y nueva matriarca indiscutible, pura raza criolla, oscura y risueña, dominante y adorada. Inés y Esther, las dos hijas adoratrices de Modesta, y Mercedes siempre allí, estando sin estar. Como un lobo haciéndose pasar por perro por mandato divino. Componía un vestido diferente cada día, o una blusa, o una pollera. Cosidos, bordados y planchados. Ninguno mejor en el pueblo. Ninguna más peinada, elegante y orgullosa que ella. Angulosa y reluciente, reía con la boca enorme abierta, con las manos en las caderas, vendiendo pañuelos y pastelitos en la plaza, complaciendo a los vecinos, a los niños, a la familia y a la madre que no la parió, pero que la seguía vigilando. Ella aún era buena.
    Nadie entendió porqué un día decidió casarse con ese hombre petiso que la rondaba por las tardes en su motoneta. Después de estudiarlo un tiempo desde las cimas de sus ensueños, decidió que este hombre bueno, anónimo e intrascendente —como todos los hombres de la familia—, sería el padre. Parió a una niña y se fue. Recogió unas pocas prendas y marchó tras la polvareda, sin decir nada. Todas las direcciones son la misma en el desierto, eso lo sabía.
    Anduvo rodando así mucho tiempo, ganándose la vida con sus astucias de domadora, de encantadora de gallinas, de conjuradora de pestes, de amansadora de rayos. Haciéndose pasar por quien realmente era, intentando resurgir de la grieta de dos traiciones, la de abandonar y la de ser abandonada. Nunca dejó de buscar a las suyas, y nunca las encontró. Las escaleras del tiempo hay que subirlas, no bajarlas, esta era la magia aún le quedaba por aprender.

    Mamá, abuela, abuelas, les escribo desde el otro lado del mundo. Hasta aquí me ha traído nuestra barquita ancestral, hecha de emociones comunes, de alianza y de mandato. A veces me siento sola en este camino, me olvido que es el nuestro y que ustedes están en él conmigo. Sigo su ejemplo de mujeres que reman sin miedo hacia lo que da más miedo, llevo su hierro en las venas. No su apellido. Tal vez su cara, o sus ojos, o su piel; tal vez algo más profundo que no sé, ni se ve. Las otras madres y abuelas, no trastabillan entre retornos y huidas, no flotan entre las bambalinas del tiempo, están presentes físicamente, o como recuerdos vivos en fotos, en ropas, en historias, en casas queridas. Ustedes no, eligieron ser los espíritus que van y vienen, libres e invisibles. Este es nuestro pacto. El precio que pagamos no es más alto que otros: es la ilegitimidad. Ser las errantes es nuestra tradición y yo la honro. Venimos a mostrar que hay otro lado, que hay otras maneras, que hay diferentes. Este es nuestro regalo para el mundo. Por eso quiero prometerles que no voy a parar hasta llevar la barquita más allá del más allá, no voy a parar hasta poder subir las escaleras del tiempo. Allá están ustedes y estamos todas. Somos del viento, somos Carmen.





martes, 21 de enero de 2025

La partida infinita

 

 

— Una partida más, va.

— Uf…. Llevamos 2 horas así.

— ¿Tienes algo mejor que hacer?

Las luces de los coches pasando rápidos por la avenida, llevando a la gente a su casa después del trabajo. El cielo amarillo, el aire irrespirable de siempre.

— No, la verdad. Lo sabes muy bien.

— ¿Entonces?

Barajó las cartas entre resignado y molesto.

— ¿Has sabido algo de tu hija?  

—Está volviendo, ya no soporta estar allá.

— Emigrando se pierde el alma. Yo todavía no la he recuperado.

— Tú eres de aquí. Si no, cuando tuviste el accidente hubieras vuelto a tu tierra.

— ¿Volver? ¿Para qué? Ya es suficiente que me enterraran allí. Nosotros ya no vamos a ninguna parte. Sabemos que esta partida es infinita.

— Ya empiezas, cuando te pones melodramático es que vas perdiendo.

Lanza sus cuatro ases sobre la mesa. Los parroquianos llegan y se van. Los días y las noches vienen y se van, el bar nunca cierra para ellos. 

¿La rutina o el final de la rutina?

 


El señor Ramón no cabía en sí de emoción, los pasos que lo habían llevado al éxito no le producían ningún orgullo, pero tampoco vergüenza. Abrió mecánicamente el cajón y cogió las llaves, los cigarros y la libreta. Un empujón a la puerta giratoria y ya estaba fuera.  Puso en marcha el coche, el motor resopló y se resistió como siempre. Es como una metáfora, pensó, que las cosas funcionen no es automático, ni silencioso, ni indoloro.  
Unos cuantos kilómetros, un par de cigarros y aparcar detrás de la finca, donde la fila de olmos retorcidos y el vertedero de muebles. Otra escenografía perfecta. Vaya con el guionista de mi vida. ¿Qué viene ahora? Meter la llave en la cerradura. Pollo frío y vino. Masticar y beber y sentir el alcohol subiendo poco a poco los decibeles del pensamiento, hasta arrancar las palabras. Libreta. Borronear durante horas. Dormir sin sueño.  
No va de emborracharse, tampoco de jugar al antihéroe, pero no sabe cómo dejar de hacer ninguna de las dos cosas. Mario vendrá mañana a por el texto. Será un striptease, una exhibición del circo de su vejez. Madurez poética le llamarán. El ego ya no se infla, ni reacciona. Solo la emoción, tal vez la emoción de la llama que se sabe moribunda. Que así sea pues, bienvenida la pirotecnia que aturde y exalta y olvida.

jueves, 19 de diciembre de 2024

Mudar la piel

 Begonya Alejandro Alberich


Mudar la piel




A quienes sobrevivieron y a quienes no.

 A la fuerza de la memoria individual que teje la colectiva. 

A la fuerza del apoyo mutuo.




Las baldosas del suelo son blancas, la pared es blanca, la cortina tipo persiana es blanca. Sólo hay un detalle de color amarillo y es una flor artificial, en un rincón de la habitación. Laia continúa mirando las baldosas, no hay nada que la anime a levantar la cabeza.


La llaman por su nombre y sus apellidos. Entra. Saludos. Presentaciones. Todo muy pulcro, muy limpio, muy correcto. Vuelve a agachar la cabeza.




Primera sesión. El chico de la camiseta roja.


- No me pasa nada que no le pase al resto, sólo que me gustaría encontrar al chico de la camiseta roja…


- ¿Que quién es? Pués…lo único que sé es que nos ayudó a subirnos al capot de un coche para pasar a lo alto de la furgoneta que había al lado y con la ayuda de unas vecinas, alcanzar el balcón del primer piso. Cuando estuvimos a salvo y me giré para darle la mano, ya no estaba…¿Tú podrías ayudarme a encontrarlo?


- Esto de la piel…es la humedad que se me ha quedado dentro. Sí, parece que las manos estén mojadas y de hecho lo están, también los pies…Me cambio los calcetines dos veces al día.



Segunda sesión. Olor a gasolina y lodo.


- ¿De noche? Creo que duermo para soñar con el chico de la camiseta roja. En mis sueños recorro las calles como si pudiera volar sobre ellas y veo personas que ya no veré más…Me da miedo olvidarme de la cara del chico de la camiseta roja…


Habla sin levantar la cabeza, pasando un pañuelo de tela por sus manos mojadas. Nota que la piel empieza a separarse haciendo ampollas, las aprieta con el pañuelo contra la palma para evitar que se separen de la piel.


- …Creo que lo mismo que no me deja dormir es lo que me empuja a un sueño profundo que no dura más que una hora hasta que me vuelvo a despertar con el olor a lodo y gasolina en la nariz y me da dolor de cabeza


- Sí, debe ser eso…que vuelvo a caer por agotamiento…hasta que vuelvo a despertarme




Tercera sesión. Tiempo de anestesia.


- Sí hay algo que también me preocupa…Mi padre está bebiendo todos los días desde entonces, creo que lo hace para poder dormir…Empezó tomando una copa después de cenar…parece que está tomándose un tiempo… para no pensar, para no despertarse por la noche…Y creo que le sirve de anestesia…


- Mi padre se llama Lucio, como mi abuela, que se llamaba Lucía pero todo el mundo la llamaba Luz. Algunas vecinas me contaron que cuando mataron a mi abuelo, abrió las puertas de su casa para dar cobijo a las madres que también habían perdido a sus maridos, por eso la llamaban Luz, porque a esas familias les iluminó los días…Pero el tiempo empeoró la situación hasta el punto de no poder alimentar a sus cinco hijos. Mi padre era el más pequeño. Escribió una carta a su suegro explicándole que no podía más que llevarlo a la beneficencia para no dejar que murieran de hambre, la misma mañana que fue a llevarlo apareció mi bisabuelo y se lo llevó con él. La guerra lo había dejado solo. Enseñó a mi padre el oficio de la familia. Era carpintero y fabricaba ataúdes…


- La muerte ha sido el sustento de mi familia. Cuando era pequeña mi bisabuelo me contaba la historia familiar como un cuento…Me contaba que la muerte viene de noche y que por eso lo llamaban cuando caía el día…para ir a tomar medidas. Y que cuando volvía a casa, despertaba a mi padre…con ocho años, y se ponían a cortar y a pulir la madera para tener la ataúd acabada al amanecer.- Suspira mirándose las manos blanquecinas de la humedad con virutas de piel desprendiéndose- Sí, he crecido con olor a madera y serrín…pero el agua se lo llevó todo, hasta el olor de la infancia…



Cuarta sesión. Fantasmas.


- Las manos ya están mudando la piel, sí…-Sonríe triste, como si la piel que se desprende se estuviera llevando algo que ya no volverá- Y no, no hemos recuperado nada de la carpintería, mi padre no recupera las fuerzas y nos hemos organizado con el vecindario para hacer una red de apoyo mútuo. Compartir el tiempo ayudando alivia el dolor…y nos anima a dejarnos ayudar…Me da miedo que por ayudar a los demás, acabe olvidándome de ayudarme a mí misma…La semana que viene nos reuniremos en la carpintería para vaciar lo que queda y tirarlo…


- Bueno…lo que realmente me preocupa ahora mismo es que no he sabido nada del chico de la camiseta roja… Los fantasmas nocturnos acechan y se acumulan los miedos, la verdad es que sí…Realmente, lo que me asusta es que el miedo se instale en mí…no me suelte…y me vuelva cruel… Creo que por eso quiero encontrar al chico de la camiseta roja…para sentir que puedo desafiar a la vida y a la vez volver a creer en ella…


- Ah no, ya no me hace falta cambiar los calcetines dos veces al día porque hasta que no apretará el frío he decidido ir en sandalias para que el sol me toque los pies, abro bien los dedos para que cuelen los rayos por cada huequito. Incluso a veces me paro en la plaza y me siento al borde de la fuente. Bueno, de lo que queda de ella. Me siento al sol y siento cómo filtra el calor, como cuando me sentaba al borde del fuego con mi bisabuelo para escucharle contar nuestra historia…


sábado, 16 de noviembre de 2024

 Un dia fosc d'arabogues que no abellís eixir massa de casa, un influèncer sense seguidors està pegat a la pantalla cercant maneres de deixar de ser mediocre. Desfaenat com està, i amb afany d'inmediatesa, contacta amb un bruixot del que ha sentit parlar i del que ha vist de sobte un story que ha publicat fa apenes unes hores. L'influèncer sense seguidors li escriu per privat:

- Requerisc -imperant- de la teua ajuda, estic desesperat! Res més vull en esta vida que ser algú que passe a la posteritat. Escriu-me que hem de parlar.

El bruixot que tot just estave conectat mirant si l'story que havie penjat havie segut efectiu, ho llig i mig s'indigna, pel que decideix contestar-li seguit:

- Ja fa temps que esperava este missatge. una cosa te diré al respecte, no te desitjo cap mal però que sàvies que no tinc cap conjur suficientment potent per arreglar el teu mal, la teua ineptitut.

L'influèncer sense seguidors que ho llig a l'acte li vull la sang... els ulls li couen i tot de l'acalorà però el seu orgull se posa a la defensiva:

- M'ho acabes de resoldre, encara t'he de donar les gràcies i tot per això... però ja no te necessito i, una cosa també te diré, quan siga més famós ja te pots preparar, per qué publicaré aquesta i d'altres injúries en el teu nom. Caurà sobre tú la venjança de la transparència, ningú te vorà!.

- Vas tú apanyat si creus que eixe dia de fama aplegarà. Que no, que no, que no te faràs famós i a més ara mateix t'estic encenent una vela negra, així que no faràs cosa bona... així de ràpid ho acabes de fotre tot.

BLOQUEAR

El bruixot mai va saber que l'havien bloquejat, no va esperar ni la reacció després del seu últim missatge. L'influèncer sense seguidors... d'ell no se'n sap res, almenys jo.

Relato. Madre Tierra (ejemplo de realismo mágico) En la Vila había dos maneras de tener un hijo, hacerlo de forma natural o a trav...

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