sábado, 16 de noviembre de 2024

 Un dia fosc d'arabogues que no abellís eixir massa de casa, un influèncer sense seguidors està pegat a la pantalla cercant maneres de deixar de ser mediocre. Desfaenat com està, i amb afany d'inmediatesa, contacta amb un bruixot del que ha sentit parlar i del que ha vist de sobte un story que ha publicat fa apenes unes hores. L'influèncer sense seguidors li escriu per privat:

- Requerisc -imperant- de la teua ajuda, estic desesperat! Res més vull en esta vida que ser algú que passe a la posteritat. Escriu-me que hem de parlar.

El bruixot que tot just estave conectat mirant si l'story que havie penjat havie segut efectiu, ho llig i mig s'indigna, pel que decideix contestar-li seguit:

- Ja fa temps que esperava este missatge. una cosa te diré al respecte, no te desitjo cap mal però que sàvies que no tinc cap conjur suficientment potent per arreglar el teu mal, la teua ineptitut.

L'influèncer sense seguidors que ho llig a l'acte li vull la sang... els ulls li couen i tot de l'acalorà però el seu orgull se posa a la defensiva:

- M'ho acabes de resoldre, encara t'he de donar les gràcies i tot per això... però ja no te necessito i, una cosa també te diré, quan siga més famós ja te pots preparar, per qué publicaré aquesta i d'altres injúries en el teu nom. Caurà sobre tú la venjança de la transparència, ningú te vorà!.

- Vas tú apanyat si creus que eixe dia de fama aplegarà. Que no, que no, que no te faràs famós i a més ara mateix t'estic encenent una vela negra, així que no faràs cosa bona... així de ràpid ho acabes de fotre tot.

BLOQUEAR

El bruixot mai va saber que l'havien bloquejat, no va esperar ni la reacció després del seu últim missatge. L'influèncer sense seguidors... d'ell no se'n sap res, almenys jo.

viernes, 18 de octubre de 2024

Sandy

Hasta hace unos días estaba bajo el cálido sol, junto al mar en una playa apenas conocida.

Ella vino un día, se tumbó sobre mi, acaricié su espalda y le di calor. Noté cómo su cuerpo se relajaba a mi contacto. Después ella se dio la vuelta y pude tocar su rostro, sus labios.

Pasó un tiempo así, hasta que se incorporó de rodillas y me tomó entre sus manos, me sonrió.

Sacó de una bolsa un pequeño tarro y me llevó con ella dentro de él.

Viajamos durante horas y finalmente llegamos a su casa donde me colocó junto a su cama, al lado de otros tarros que contenían arena como yo, pero de otros lugares. Tenemos diferentes texturas y colores.

Ella de vez en cuando nos coloca entre sus manos, una a una y noto cómo su mirada regresa a otros lugares, a otros momentos.

Todas somos lo mismo y no lo somos, ella y nosotras. Si nos tratas bien, nos pegamos a ti, si nos oprimes, nos escurrimos de entre tus dedos, somos difíciles de atrapar.

Estoy bien, no creáis, pero en ocasiones echo de menos la playa en que nací, el rumos del agua besándome, la energía del sol y la luna sobre mi.

Se que no volveré jamás a ese lugar, pero quien sabe qué caminos recorreré, qué palabras escucharé, qué vientos me tocarán...

Lo que sé seguro, porque ella me lo ha dicho es que la cubriré  cuando llegue el final de sus días, que junto a las otras arenas, mis hermanas, seré lo último que toque su piel.

La india (boceto)

Historia de Mercedes


A la niña pequeña la abandonaron en el desierto, en medio de las piedras y el polvo. La encontraron dos ferroviarios. Se había estropeado la máquina, y bajaron para intentar ponerla otra vez en marcha, llave en mano, grasientos y sudados. El aire era tórrido y bestial, el paisaje también. De la parte joven del mundo, esa que siempre estará a medio explorar. Vieron a la niña erguida en el sol, oscura y desafiante. Cubierta de polvo, sin soltar ni una lágrima. Tan seca como el paisaje. Se diría que estaba esperando al tren en una estación, decidida a seguir su viaje. 

En su nuevo pueblo pasó la infancia siendo la cabecilla de una tribu de salvajes como ella. Explorando su mundo, apurando aventuras en miniatura, comiéndose las etapas a bocados, a trancos largos, como si tuviera prisa. A los doce años el cabello le crecía en cascada, oscuro y caudaloso. Una trenza equina con potencia para remolcar un mundo. Viajaba en tren a menudo, con sus hermanos adoptivos. Cabalgaba el vagón de carga ida y vuelta a la ciudad, con las provisiones que le encargaba Gregoria, la mujer que la había acogido como hija. En cuanto vio a la pequeña salvaje que le trajeron sus hijos del desierto, la quiso con el alma. La adoptó en su corazón, le dio tanto cariño y cuidados que la nena se rindió. Aceptarla como madre fue su capitulación, su punto débil. Esta niña podía atravesar la pampa cabalgando a pelo, podía desaparecer en el horizonte y no detenerse nunca, podía ser Juana Azurduy, pero renunció. Por amor a Gregoria. 

Gregoria murió pronto y fue allí, en su lecho de muerte —antes de que pudiera llegar a mujer, antes de que pudiera aprender a defenderse del amor de esta otra madre—, que le hizo prometer ser buena. Mercedes, sé buena. Y Mercedes cumplió, decididamente, con la promesa. 

Pasaron años, los hombres de la familia se murieron o se fueron y quedaron cuatro mujeres. Modesta, la hija mayor de Gregoria y nueva matriarca indiscutible. Pura raza criolla, dura y risueña, dominante y adorada. Inés y Esther, las dos hijas adoratrices y Mercedes siempre allí, estando sin estar. Como un lobo haciéndose pasar por perro por mandato divino. 

Cosía un vestido diferente cada día, o una blusa, o una pollera. Cosidos, bordados y planchados. Ninguno mejor en el barrio. Ninguna más peinada, elegante y orgullosa que ella. Reía con la boca enorme abierta, con las manos en las caderas, vendiendo galletitas y bombones en Casa Tía, complaciendo a los jefes, a los clientes, y a la familia que está en los cielos. Nadie llegó a explicarse porqué un día decidió casarse con ese hombre petiso que la venía a buscar en motoneta. Pero tuvo sus hijos, arropó sus muertos, alejó catástrofes, quemó las cerillas que le tocaban viéndolas quemarse, viéndolas desaparecer una a una sin revelarle nada. Con los años bajó las garras y los dientes se le hicieron romos, la mirada antes lejana se le volvió hacia dentro, hasta quedarse parada en un horizonte interior, inalcanzable. Buscó siempre a las suyas, y nunca las encontró. Las suyas estaban arriba; las abuelas perdidas. Las escaleras del tiempo hay que subirlas, no bajarlas, este es el super-poder que no supo aprender. 


El termo

Soy el termo de café de Gabriela. Ella me cuida mucho, siempre está pendiente de donde me deja. A veces me pierde de vista, e inmediatamente comienza a hacer movimientos nerviosos, mira a izquierda y derecha, salta de la silla y sale zumbando hacia la última aula donde estuvo, después a la biblioteca, después al patio, pregunta a todas las que se le cruzan por el pasillo, hasta que por fin me avista y se calma. Crisis superada. Me coge entre sus manos y respira hondo. 

    Sé que no concibe su vida sin mí, pero yo me pregunto si hay algo más para mí que el café de especialidad de cada día. Ya sé que no debería quejarme, mi vida es interesante; salimos al monte, a la montaña, a la playa, al teatro, de visita, a veces paseamos por ciudades nuevas, leemos tranquilamente junto al fuego o la ventana abierta. Siento el cariño que me transmite al cogerme suavemente. Pero… ¿y si un día dejara de mantener la temperatura? Gabriela es muy estricta: el café tiene que aguantar caliente al menos dos horas.

    Sin embargo, no tengo miedo. Al pensar en esto vislumbro mi única posibilidad de escapatoria, de trascendencia, de trasformación esencial. En lo profundo de mi alma, quiero que llegue ese día. Quiero pasar esa inevitable temporada de olvido en la oscuridad del armario, donde un día aparecerá la cara de Ana, y luego su mano, y luego la luz del jardín, la tierra fresca, el tacto inquieto de las raíces de una planta de flor. Algún día seré maceta.

lunes, 26 de agosto de 2024

Crucifixiones



Ahora vamos rumbo a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley. Ellos lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles para que lo humillen, lo ultrajen y lo crucifiquen.
Mateo 20:18-19




— ¿Estás haciendo las crucifixiones?

Se miró las manos. Tenían una latencia como de animal dormido, ¿se le habían hecho más grandes? Le molestaba un poco el humor negro de su jefe, eso de las crucifixiones…

Quedaba algo de luz en el patio interior. Endulzó el café y lo revolvió con delicadeza, mirando las cabezas inclinadas, las expresiones inquietas en la sala de espera.

— Mira por el cristal, allí están aún.
— Es casi de noche, ¿has visto la hora?
— Acabaré pronto. Me quedan las ultimas.

Descolgó la bata azul del perchero y se tragó el último sorbo de café.   

— No puedo hacer más. Lo siento.

Cortó la llamada y tipeó un poco más en el ordenador. En los últimos tiempos le rondaba la idea de alterar levemente los informes. Sólo un poco, algún adjetivo un poco menos técnico, o tal vez la ortografía. ¿Una sola falta desactivaría su efecto? Más de dos, seguro, pero la intención sería demasiado evidente.
Estaba cansada. Cada vez más. Como si la energía le fuera cayendo lentamente a cero. Como la concentración del contraste en la sangre después de las pruebas.


Informe


Se practicaron cortes axiales cerebrales, desde la base hasta el vértice, con administración de radioisótopo de contraste endovenoso con protocolo trifásico.

Hallazgos

Presencia de imagen hiperdensa heterogénea con áreas hipodensas en su interior de contornos mal definidos rodeada de extenso halo hipodenso, pudiendo plantear como posibilidad diagnóstica da la de proceso neoproliferativo con edema perilesional y cerrebral difuso izquierdo que condiciona compresión y desplazamiento discreto de las estructuras medias. 



Acabó de tipear la última frase y salió a la sala de espera. Cuatro pares de ojos asustados se le clavaron inmediatamente. Levantó la lista hasta la altura de los ojos y leyó el primer nombre.

lunes, 12 de agosto de 2024

Microrrelato. Personaje mitológico

 Suposición 

El unicornio la miró con desilusión. Inocente y aterrada, la joven virgen, suplicaba clemencia. Arremetió contra ella y clavó su cuerno en el esternón de la doncella. Después abrió sus alas y alzó el vuelo hasta posarse en la cumbre de un pico montañoso para observar entusiasmado a un leñador que nadaba  desnudo por el río.

Microrrelato. Punto de vista: insecto

 Ejercicio. Escribe un microrrelato desde el punto de vista de un insecto

                     Cambio de Rumbo

      Aquella masa de carne sudorosa emitía un olor atrayente. Por más que intentaba acercarme, un viento huracanado me arrebataba la trayectoria y me lanzaba contra las cortinas. Entonces tuve la idea de lanzarme en picado pero el zumbido de mi aleteo lo despertó, se giró de repente, se dió la vuelta y se tapo hasta las orejas. 

Estaba desesperada, tenía hambre y todo se ponía en mi contra. Observé, que por descuido, se había dejado un tobillo al aire libre y me lo gocé. Me puse las botas. La noche había sido dura, pero fructífera.

 Observé la luz de la mañana. El sol amanecía en morados ese día. Una luz fluorescente que deslumbraba mi entusiasmo. Sonreí y me dejé llevar por su destello. La explosión despertó a la víctima que en un chasquido se volvió verdugo.

Relato. Madre Tierra (ejemplo de realismo mágico) En la Vila había dos maneras de tener un hijo, hacerlo de forma natural o a trav...

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